Caperucita Roja

-¿Por qué no te cortas esa perilla? Me haces cosquillas…- dijo Caperucita Roja abrochándose la camisa delante del espejo.

El lobo, mirándola a los ojos a través del espejo, volvió a sentir la familiar sensación de que el cuento lo escribían ellos cada día. Se acercó pensando que la abuela tardaría por lo menos media hora en volver del bar.

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Estela

Se llamaba Estela y se dio cuenta de que la necesitaba únicamente cuando la estaba perdiendo para siempre. Contradicciones de una vida juntos pero separados por un muro invisible que dividía sus dos mundos. Un muro levantado a veces por la rutina, otras muchas por el orgullo. Un muro tan alto que se tornaba insalvable y que crecía en altura a medida que pasaban los años. Las llamas iniciales del amor eterno e incondicional se habían enfriado poco a poco hasta convertirse en gélidos carámbanos de hielo que colgaban del techo de su habitación. Cuarenta y dos años juntos son muchos para mantener vivo un amor que no había dado frutos, pues el vientre de Estela se había secado mucho tiempo antes, dando lugar, sin quererlo, a callados reproches y resentimientos entre los dos. Un sentimiento de culpa abrió una herida en ella que nunca sanaría y su carácter se agrió a cada día que pasaba. Él no supo darle todo el amor que necesitaba por ese hijo que no vendría nunca y ella empezó a buscar ese amor en las telenovelas de la televisión, haciendo de la caja tonta la válvula de escape que no le ofrecía su esposo. No le había dicho nunca que la culpa no era de ninguno de los dos, que estas cosas te tocan porque te tocan, y que la vida es un camino que hay que recorrerlo en compañía. En cambió cerró un poco más su corazón a los sentimientos que tanto daño le hacían. El paso de los años no hizo más que hacer más profundo el agujero en el que cada uno de los dos estaba inmerso y del cual cada día que pasaba era más difícil salir. En ocasiones, acostado en el sofá del comedor, oía como Estela lloraba en la cama de su habitación, cama que ahora que ella no estaba era un páramo baldío y estéril, regado solamente por las lágrimas de una mujer que un día estuvo enamorada.
Ahora Estela estaba en una cama de hospital con un coágulo cerebral. Estaba en coma. El médico le dijo que era muy grave, y que no había esperanza, y que no se podía operar, y que su vida y la de él se iban al fin la mierda.

Y que la vida es una vieja puta que te jode cuando menos te lo esperas.

Camino del hospital, con lágrimas en los ojos y en el corazón, rezaba por tener el tiempo suficiente para decirle al oído a su mujer todo lo que en cuarenta y dos años no le había dicho.

Mendigo

Dicen que está así porque un día vió un demonio, y que desde entonces casi no habla, y pocas veces sonrie, solamente esa clase de risa propia de los locos y los borrachos, rancia y extraña. Pocos saben que su esposa y sus dos hijas, encontraron también a ese mismo demonio en una curva de la carretera, y que viene a visitarle cada día desde el accidente, y que unos días huele a ginebra y otros a vino barato, y que su vida, en un día bueno, es lo más parecido a veinte kilos de mierda en un saco de diez kilos.
A veces se le ve deambular solo por la calle , con su abrigo de color indefinido y sus bolsas de Carrefour donde lleva toda su vida a cuestas. Con la mirada perdida, observa quien sabe qué acontecimientos transcurren delante de sus ojos, o más bién, dentro de su cabeza.
Otras veces le gusta ir al centro comercial y pasea por los pasillos interminables hasta que algún comerciante avisa a los municipales para que le saquen de allí. No es bueno para el negocio.
Cuando los niños pasan a su lado, él les mira, y parece aflorar a sus ojos el recuerdo, la pena, la maldición… No añora una vida mejor,ni siquiera la recuerda. Tantos son los días sin fondo que le han tocado vivir que ya forman parte de su desolación.
Hace unos días le vi correr bajo la lluvia, con la cara desencajada. Iba por el centro de la calzada, descalzo, empapado, gritando no se sabe que estribillo, solo comprensible por los que sufren su misma dolencia. Creo que corría en busca de una curva negra como su alma, en la que un día alguien se llevó lo único que tenía.
Y lo demás es historia. No le he vuelto a ver desde entonces. Supongo que debe estar buscando la forma de pagar en los días que le quedan por las vidas que extravió. Espero que lo consiga.

Declaraciones

Laura mantiene un posado natural, si es posible tal paradoja de posar espontáneamente. Un vestido a rayas horizontales blancas y negras se mezcla con su cuerpo, confundiéndose casi con su piel y disimulando la delgadez que forma parte indivisible de ella. Rodea los brazos con sus manos, claramente en inferioridad frente a la brisa de mayo que la envuelve y estremece. En sus ojos brilla la pregunta que acaba de formular, uno de tantos porqués que pronunciamos a lo largo de los años, unos sin respuesta posible y otros con respuestas que no desearíamos escuchar.
Nacho calla, se le da bien.
Piensa en las veces que en sueños sus dedos han recorrido el cuerpo de Laura. Su aliento recorriendo la piel de melocotón de sus pechos, sus manos que encajan perfectamente en la curva de sus caderas, la lenta y rítmica cadencia de sus sexos…
Ella:
-Me lo he preguntado en tantas ocasiones que ya no sé cuál era la pregunta…
Él:
-Te he soñado tantas veces que en cierto modo me perteneces.
Empieza a llover y el café se enfría mientras sus manos se encuentran sobre la mesa.

La estación de los amores

Cuando llega una cierta edad en la que pierdes la cuenta de las arrugas que cruzan tu frente, la vida se deshoja en buenos y malos momentos. Manuel tiene tiempo para pensar. Sus días transcurren en una mecedora de las de antes, acomodando el balanceo de su cuerpo a los minutos y segundos que, sin ningún tipo de consideración o indulgencia, deciden inalterablemente el tiempo a su antojo.
No se puede quejar, la vida le ha tratado todo lo bien que podía imaginar- si esperas demasiado de ella, lo más probable es que no cubra ni de lejos tus expectativas-. A los setenta y siete años recientemente cumplidos, lo único que te queda es esperar que la vida te trate con el mismo respeto que tú la has tratado a ella.
Aun así, están esos días en los que, aparte de la cadera y ese jodido dolor de espalda con el que los viejos como él reciben el parte meteorológico, siente la familiar opresión en la parte izquierda del pecho, allí donde dicen que el corazón pasa lista de los horizontes perdidos, de las ocasiones malgastadas, como si no le aguardaran días suficientes para latir lo que le queda por latir. Esos días Manuel deja de balancearse en la mecedora, por si pudiera con su inmovilidad detener el paso del tiempo, o incluso revertirlo y regresar, y despertar. Volver a despertar en primavera.